miércoles, 3 de junio de 2015

Viejas fotografìas

Centenares de ellas: como todos, he visto centenares de fotografías familiares. Hace muchos años se acostumbraba en familia repasar periódicamente una gran cantidad de ellas. Recuerdo que, durante mi niñez, me reunía con los hermanos, mis padres y algunos primos más cercanos en la sobremesa, a repasar circunstancias, ocasiones, caras… frente a un montón de cartulinas de diverso formato y de abigarrada antigüedad. Festejábamos una y otra vez del gesto de temor de una de ellas; la vestimenta original de alguien en otra; discutíamos sobre el posible lugar en que se “tomó” una tercera; y así. Hasta que, cansados, recogíamos en pequeñas cajas, en donde cuidadosamente las conservaba mi madre, todas y cada una. Ella se fijaba celosamente de que ninguno birlara en un descuido alguna cartulina. Pero la mayoría de los que componíamos la concurrencia aún estábamos poco interesados en un tiempo para nosotros tan trivial. Los que disfrutaban más con los recuerdos eran los mayores.
Ahora, cuando miro hacia el pasado abrigo el propósito de que la fuerza de la mirada impulse hacia el futuro. No me gustaría vivir de nostalgias, aunque reconozca, como vengo haciendo, que el hoy proviene del ayer. Hay que repetir, no obstante, que este hoy se proyecta hacia el mañana o no nos sirve. Hasta las impresiones de nuestras pasadas faltas son, en el tiempo, secas y amortajadas fotografías en su  vetusto y macarrónico marco demodée. Sin embargo soy yo; es parte de mí mismo lo que se descubre en cada una de ellas.
El tiempo nos encuentra imprecisos, borrosos. Mi primera fotografía me recoge sumergido en un grueso neumático, muy orondo y circunspecto. Yo no me recuerdo allí; pero cuando mis padres la miran, se entretienen tejiendo memorias de esas horas. Más adelante estoy en una boda, vestido de frac, mirando pícaramente a la niña que me acompaña, vestida también ella de pequeña novia: era la boda de una de mis tías, llena de nietos ahora. En una tercera estoy con un pie en la escalinata de un vagón de tren. ¿A dónde iba, de dónde venía? No lo sé. En cambio recuerdo claramente la camisa chaqueta que llevo puesta: cuántos trajines debió pasar mi madre para confeccionarla tal como yo la quería.
Mis padres guardaban con especial cariño una foto mía más grande que otras muchas, en la que con una cierta “pose” estoy frente a una cámara de televisión. Eran los dieciséis años. El teatro. Alguna esporádica representación escolar televisada. Del momento preciso que recoge la fotografía no sé decir nada. En cambio, cuántas circunstancias se agolpan en la memoria recordando amigos, ensayos, idas y venidas: nos creíamos unas celebridades. Todo eso es pasado, pero frente a la cartulina se presenta tan vívido que aún podría reaccionar como ante muchos sucesos de aquellos años.
El tiempo es de los que vienen después. De nada serviría que yo fuera capaz de repetir exactamente nombres, decires, voces… si no pudiera comunicar  ahora el fondo, la sustancia de las cosas atrapadas en blanco y negro en esas viejas fotografías. Como pasa frente a muchas de ellas. Otras, en cambio, me producen una impresión de cercanía tal que estoy dispuesto a narrar, a no ser por el pudor natural, lo que sentí, pensé o decidí.
Es el hacinamiento de las emociones: en los espacios infinitos de nuestra alma, en donde ya nunca más volvemos a los mismos lugares, colocamos toda sonrisa, todo gemido, todo recuerdo multiplicador de ausencias, cada quimera de espacios futuros…
Pero la vida no es sólo eso. Es necesario pensar en los que vienen después, intensa, presente, perentoriamente. Las emociones enriquecerán sus vivencias; pero serán nuestros criterios, nuestras vidas convertidas en criterios, lo que las conducirán. Un día, uno cualquiera de los que ahora corretea su niñez alrededor nuestro nos preguntará desde la imprudencia de sus treinta: y usted, ¿cómo era cuando tenía siete años? Si sólo conservamos para entonces nuestras emociones, aparecerán las mismas fotografías, sepias por el tiempo. Pero si sabemos cuidar en el alma las razones del corazón, responderá nuestra risa franca sin un solo velo de nostalgia. Y no hará falta más respuesta.

Ojos que no ven...

La gente que se va, en realidad no se va sino que desaparece de nuestro inmediato entorno. La gente que se va deja en su lugar una estela que, poco a poco, se hace más etérea sin desaparecer nunca del todo. Pero en tanto dura su efímera vigencia en cuanto lo que extrañamos de ellos es de alguna forma algo de nosotros mismos.
La ausencia es sólo falta de presencia espacial. ¿Dónde están ahora Enrique, Tommy, Betty, Teresa, Mario…? En algún momento estuvieron inmediatos, cercanos, unidos. Después, cada uno fue desfilando hacia el lugar en que les correspondía estar vivos, cercanos, presentes.
La sola enunciación de sus nombres los hace patentes a la memoria, sí, pero también a la habitación en que escribo, a la hora en que los pronuncio.
Cuando evocamos a los amigos de ayer se moviliza todo un entramado de vínculos sutiles. Pareciera que estamos hechos todos para la unidad; y que ni al partir se rompen los hilos que delicadamente nos asocian.
Sucede, sin embargo, con muchos, que están como incapacitados para ver esa fina red que los enlaza con el ayer. Desde algún momento sus ojos se oscurecen y empiezan, como los ciegos, a dirigir la vista sólo hacia delante. Ningún murmullo les susurra las risas de la infancia, ni resplandores les anuncian el fulgor del  pasado. No hay para ellos ecos de presencias distantes y le pierden la pista al ocaso.
Ojos que no ven…
Es necesario mirar con el corazón.
Lo que de nosotros se va con los que parten no es nuestro sino de modo relativo. No puede ya ser nuestro dado que pertenece al otro; desde aquel momento en que fue para mí otro tú. Las palabras que dije, los gestos con los que acompañé sus respuestas se quedan formando parte de ellos: y si ahora los extraño no es porque fueran míos sino porque fueron para ellos.
¿Dónde está Homero ahora? Homero, aquel gran rapsoda de mi adolescencia. Homero, personaje vivo durante años. Con él conocí a Ulises; él me llevó a Ítaca. Penélope estuvo cercana muchos días y Argos ladró en mis oídos. Homero, familiar a Zeus y Artemisa. Homero, por quien los humos de las batallas frente a Troya me fueron habituales. Homero, quien me enseñó a admirar a Helena; por quien temí a los Cíclopes y aprendí a embelesarme con los cantos de sirena… Homero, en fin, el ciego inmortal. Más inmortal por lo que dijo que por lo que fue. Porque, ¿quién fue Homero? ¿Dónde está su tumba? ¿Alguien conserva de él algún objeto personal a modo de reliquia o recuerdo? ¿Quién puede documentar su existencia histórica?
Sin embargo, Homero nos hizo soñar, nos hace vivir, nos hará crear en la imaginación hombres y cosas nunca vistas. Mis amigos de ayer son coetáneos de Homero. Por eso algo de mí ha de haber quedado  en el poeta; algo de mí debí entregarle mientras lo leía, absorto en sus versos.
Darse y comprometerse son hijos de una misma madre. Quien se da puede que tenga para ello razones eventualmente menos claras, pero en el momento mismo de la donación desea que el otro lo reciba con plenitud de apertura. Mientras tanto, el ofertado actúa con la certeza de estar siendo favorecido con un auténtico don, con entrega real. Después, cuando al correr de los años el donante se arrepienta de su donación, no será porque en su momento la entrega fuera ficticia sino porque falla una condición de persistencia: la lealtad.
Darse y comprometerse, pues, son correlativos.
Shakespeare me comprometió con Verona; Manzoni, con Renzo y Lucía; Miguel Ángel con Firenze; y más adelante, Cela con la Alcarria por la que viajé en su compañía; y Vallejo, con los vericuetos del alma; Ionesco, con su punto de vista esquivo sobre la realidad; Saint Exúpèry, con sus ideales, y hasta la mirada de Disney, con sus fantasías… ¿Cuántos más se ofrecieron a darme el poder de comprometerme a cambio de mi propia donación? Todos ellos son ahora afines, amigos de la adolescencia y de la juventud, cercanos en el tiempo aunque lejanos en el espacio; perdidos aparentemente, pero encontrados en la memoria cuantas veces quiera evocarlos.
Pero pudo ser de otra manera.
Para sentir, se diría que el corazón necesita despojarse de sí e ir al encuentro de lo otro incondicionalmente hasta ponerse en su lugar. De otra  forma, sentir no es sino captar algo de lo otro para mí. ¿Cuántas emociones de la adolescencia se han perdido en el pasado? Sólo sirvieron para removerme temporalmente sin comprometerme.
Pude haber tenido miedo a querer, que es lo mismo que temer al compromiso. Mi mundo interior habría resultado vacío si me hubiera dejado ganar por el miedo. La tragedia hubiera consistido en parte, en haber perdido a Homero, a Shakespeare y a Manzoni. Pero sobre todo me habría perdido yo, sometido a la tiranía de lo inmediato, de lo urgente: cuando no hay mayor urgencia que la de ganarse en la plenitud de los demás.
La fina red que nos mantiene unidos más allá del tiempo y del espacio exige de nosotros el compromiso. Estar ligado a sus hilos ha supuesto una condición previa: estar dispuestos a mirar con el corazón a cuantos pasan a nuestro lado. Y para que los hilos sean de oro, es necesario mirar a los demás con los ojos de Dios.