¿Entonces, la
felicidad…? No es una búsqueda inútil para el hombre. Y sólo él puede buscarla.
Claro que en muchas ocasiones se ha confundido felicidad con bienestar, placer,
comodidad, etc. Pero mientras la felicidad es una realidad trascendente y de
algún modo infinita (siempre se puede ser más feliz que), cualquier otro
sentimiento de satisfacción es, de por sí perecedero. Es por eso que sólo la criatura humana puede
anhelarla. Mientras que las demás criaturas pueden buscar sus sucedáneos:
hartazgo, confort, saciedad, equilibrio…
Eso último es
lo que parece ofrecer la cultura de la muerte: disminuir para conseguir la
satisfacción. Menos bocas, más alimentos; menos responsabilidades, más conducta
amoral; menos distribución, más retención de mis bienes materiales para el
egoísta usufructo.
Pero la
auténtica felicidad, que busca el espíritu, no es equilibrio sino plenitud. A
más vida, más alegría de vivir; a más necesidades que cubrir, más generosidad
en el compartir; a más dificultades existenciales, más ejercicio del amor. Que
se dediquen al equilibrio egoísta los que se han cerrado al espíritu y a la
totalidad.

