lunes, 28 de abril de 2014

La Trinidad, Espejo para el hombre

Es parte del dato revelado darnos a conocer que el hombre ha sido creado a imagen de Dios. En líneas generales puede decirse que esta imagen ha sido interpretada en el sentido de la participación del hombre en la espiritualidad de Dios, y más concretamente en las facultades superiores de entender y querer, dependiente de esa espiritualidad. En efecto: sólo es posible que el hombre elija (quiera) si previamente conoce (sabe).

En aquella vida intratrinitaria a la que nos ha sido dado introducirnos mediante la Revelación, vemos a Dios queriendo lo que conoce y conociendo lo que quiere en un único acto impenetrable e inabarcable. El Padre, del que es propio conocer -junto al Hijo y al Espíritu Santo- conoce al Hijo, del que es propio ser conocido -junto al Padre y al Espíritu Santo-; pero "a renglón seguido", el Padre  y el Hijo se unen en una identificación mutua de Amor, que es el Espíritu Santo, procediendo del Padre y del Hijo.
En una proporción infinitamente inferior pero plenamente real, el hombre termina por unirse, identificarse con aquello que, una vez conocido, es elegido, querido por la voluntad. Y esa identificación es, con todas las imperfecciones del caso, un tercer acto natural humano que llamaremos afectividad.
De este modo, sólo si se identifica con aquello que conoce y elige libremente, el hombre estará realizando en plenitud la imagen de Dios que es. En este contexto es en el que se establecen completamente las relaciones personales entre cada hombre y Dios.




miércoles, 16 de abril de 2014

El encuentro con Dios

¡Oh eterna Verdad, y verdadera Caridad, y amada Eternidad! Tú eres mi Dios. Por Ti suspiro noche y día. Cuando por primera vez te conocí, Tú me tomaste para que viese lo que había de ver, y que aún no estaba en condiciones de ver. Reverberaste ante la debilidad de mi mirada, dirigiendo tus rayos con fuerza sobre mí, y me estremecí de amor y de temor. Y advertí que me hallaba lejos de Ti, en la región de la desemejanza, como si oyera tu voz de lo alto: "Soy manjar de grandes: crece y me comerás". (...)
¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y, sin embargo, Tú estabas dentro de mí, y yo fuera, y por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre las cosas hermosas que Tú creaste. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo. Me retenían lejos de Ti esas cosas que, si no estuvieran en Ti, no existirían. Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste, e hiciste huir mi ceguera. Exhalaste tu perfume, y respiré, y suspiro por Ti; gusté de Ti, y siento hambre y sed; me tocaste, y me abrasé en tu paz".
 
San Agustín, Confesiones VIII, 10.18-19