La gente que se va, en realidad
no se va sino que desaparece de nuestro inmediato entorno. La gente que se va
deja en su lugar una estela que, poco a poco, se hace más etérea sin
desaparecer nunca del todo. Pero en tanto dura su efímera vigencia en cuanto lo
que extrañamos de ellos es de alguna forma algo de nosotros mismos.
La ausencia es sólo falta de
presencia espacial. ¿Dónde están ahora Enrique, Tommy, Betty, Teresa, Mario…?
En algún momento estuvieron inmediatos, cercanos, unidos. Después, cada uno fue
desfilando hacia el lugar en que les correspondía estar vivos, cercanos,
presentes.
La sola enunciación de sus
nombres los hace patentes a la memoria, sí, pero también a la habitación en que
escribo, a la hora en que los pronuncio.
Cuando evocamos a los amigos de
ayer se moviliza todo un entramado de vínculos sutiles. Pareciera que estamos
hechos todos para la unidad; y que ni al partir se rompen los hilos que
delicadamente nos asocian.
Sucede, sin embargo, con muchos,
que están como incapacitados para ver esa fina red que los enlaza con el ayer.
Desde algún momento sus ojos se oscurecen y empiezan, como los ciegos, a
dirigir la vista sólo hacia delante. Ningún murmullo les susurra las risas de
la infancia, ni resplandores les anuncian el fulgor del pasado. No hay para ellos ecos de presencias
distantes y le pierden la pista al ocaso.
Ojos
que no ven…
Es necesario mirar con el
corazón.
Lo que de nosotros se va con los
que parten no es nuestro sino de modo relativo. No puede ya ser nuestro dado
que pertenece al otro; desde aquel momento en que fue para mí otro tú. Las
palabras que dije, los gestos con los que acompañé sus respuestas se quedan
formando parte de ellos: y si ahora los extraño no es porque fueran míos sino
porque fueron para ellos.
¿Dónde está Homero ahora? Homero,
aquel gran rapsoda de mi adolescencia. Homero, personaje vivo durante años. Con
él conocí a Ulises; él me llevó a Ítaca. Penélope estuvo cercana muchos días y
Argos ladró en mis oídos. Homero, familiar a Zeus y Artemisa. Homero, por quien
los humos de las batallas frente a Troya me fueron habituales. Homero, quien me
enseñó a admirar a Helena; por quien temí a los Cíclopes y aprendí a
embelesarme con los cantos de sirena… Homero, en fin, el ciego inmortal. Más
inmortal por lo que dijo que por lo que fue. Porque, ¿quién fue Homero? ¿Dónde
está su tumba? ¿Alguien conserva de él algún objeto personal a modo de reliquia
o recuerdo? ¿Quién puede documentar su existencia histórica?
Sin embargo, Homero nos hizo
soñar, nos hace vivir, nos hará crear en la imaginación hombres y cosas nunca
vistas. Mis amigos de ayer son coetáneos de Homero. Por eso algo de mí ha de
haber quedado en el poeta; algo de mí
debí entregarle mientras lo leía, absorto en sus versos.
Darse y comprometerse son hijos
de una misma madre. Quien se da puede que tenga para ello razones eventualmente
menos claras, pero en el momento mismo de la donación desea que el otro lo
reciba con plenitud de apertura. Mientras tanto, el ofertado actúa con la
certeza de estar siendo favorecido con un auténtico don, con entrega real.
Después, cuando al correr de los años el donante se arrepienta de su donación,
no será porque en su momento la entrega fuera ficticia sino porque falla una
condición de persistencia: la lealtad.
Darse
y comprometerse, pues, son correlativos.
Shakespeare me comprometió con
Verona; Manzoni, con Renzo y Lucía; Miguel Ángel con Firenze; y más adelante,
Cela con la Alcarria por la que viajé en su compañía; y Vallejo, con los
vericuetos del alma; Ionesco, con su punto de vista esquivo sobre la realidad;
Saint Exúpèry, con sus ideales, y hasta la mirada de Disney, con sus fantasías…
¿Cuántos más se ofrecieron a darme el poder de comprometerme a cambio de mi
propia donación? Todos ellos son ahora afines, amigos de la adolescencia y de
la juventud, cercanos en el tiempo aunque lejanos en el espacio; perdidos
aparentemente, pero encontrados en la memoria cuantas veces quiera evocarlos.
Pero
pudo ser de otra manera.
Para sentir, se diría que el
corazón necesita despojarse de sí e ir al encuentro de lo otro incondicionalmente
hasta ponerse en su lugar. De otra forma, sentir no es sino captar algo de lo
otro para mí. ¿Cuántas emociones de la adolescencia se han perdido en el
pasado? Sólo sirvieron para removerme temporalmente sin comprometerme.
Pude haber tenido miedo a querer,
que es lo mismo que temer al compromiso. Mi mundo interior habría resultado
vacío si me hubiera dejado ganar por el miedo. La tragedia hubiera consistido
en parte, en haber perdido a Homero, a Shakespeare y a Manzoni. Pero sobre todo
me habría perdido yo, sometido a la tiranía de lo inmediato, de lo urgente:
cuando no hay mayor urgencia que la de ganarse en la plenitud de los demás.
La fina red que nos mantiene
unidos más allá del tiempo y del espacio exige de nosotros el compromiso. Estar
ligado a sus hilos ha supuesto una condición previa: estar dispuestos a mirar
con el corazón a cuantos pasan a nuestro lado. Y para que los hilos sean de
oro, es necesario mirar a los demás con los ojos de Dios.

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