Nuestros abuelos contaron a sus hijos las historias del Antiguo Testamento. Nuestros padres nos contaron a nosotros, sus hijos, las historias de los Santos. Nosotros no os contamos nada a vosotros. Y vosotros, ¿qué contaréis a los que vienen después? ¡Volved, volved a las raíces!
Hace bastantes años un poeta, filósofo y gran amador de Dios nos señalaba -en una tertulia inolvidable, nocturna, romana- a un pequeño grupo que le escuchaba atentamente, el gran poder poético del verbo recordar, referido a la segunda persona de modo interrogativo: "¿recuerdas?". Muchos sustantivos y muchos verbos tienen una eficacia poética inmensa; pero el verbo recordar nos devuelve a un tiempo y a una situación tan entrañablemente nuestros, los actualiza, los hace presentes de tal manera que remueve todas las fibras de nuestro ser. No es el pasado como pasado lo que se evoca: es lo mío anterior como actuante y presente: vivo.
El espíritu egocéntrico y pragmático de hace ya muchas décadas ha conseguido que nos desinteresemos del pasado haciéndonos creer que está muerto. Esto podría ser verdad si cada uno de nosotros fuese cada día, cada hora, cada minuto de su vida un compartimiento estanco, discontinuo pero a la vez pleno de sentido. En definitiva si cada uno de nosotros fuese muchos a la vez, a lo largo del tiempo. Pero la conciencia personal nos dice que somos -que soy- el mismo desde hace un largo período cuyo inicio no sé ubicar con precisión, pero que es -así lo conceptúo y lo siento- real y activo.
Sin embargo ha prevalecido el influjo del medio sobre el testimonio del espíritu y ahora las historias que nos contamos suelen ser vacíos espacios de nada, en los que yo no estoy. Y cuando alguno se asoma a las ventanas de sus ojos y desde la puerta de su alma se atreve a lanzar un grito que descubre su propio corazón, suele ser tildado de intimista, subjetivo, críptico...
¿En dónde está la diferencia entre un narrar de aconteceres que re-vivo como míos, y las cuidadas descripciones de acontecimientos impersonales, intensos, llenos de revelaciones, pero ajenos? No ciertamente en el interés con el que eventualmente, se sigue cada historia, en su ritmo o en su perfección estilística, sino en su capacidad de convocar, de llamarme, de sacarme de mi sitio, para ubicarme en el que hoy y ahora me corresponde; en definitiva, de hacerme re-vivir, ya que de esta manera me enriquece.
Pero el prejuicio pragmático y egocéntrico -que desdeña el testimonio del espíritu humano-, utilizando los recursos que le facilitan los medios de comunicación audiovisual -cine, televisión- prefiere la historia truculenta con la que se llora sin tristeza; o el miedo impostado de las narraciones de terror, en las que se teme sin desconfianza; o los finales felices en los que la dicha es efímera no solo en el tiempo sino en sustancia, porque no tiene que ver conmigo, sino con mis sentimientos.
Deberá llegar el día en que sepamos utilizar esos instrumentos -cine, televisión- para mejor recomponer el pasado, estructurar más eficazmente el futuro y así re-vivir el presente con mayor intensidad. Es decir que los medios de expresión -cine, televisión- me faciliten vivir mi historia, me hagan realista; en lugar de ser cauce de evasión o, lo que es peor, de disgregación y división del ser personal.
¡Volved a las raíces!, en donde se encuentra la savia que nos hace vivir realmente. Volved a las raíces y contaréis a vuestros hijos historias del pasado que se harán presente en vuestros labios porque habrán sido re-vividas en vuestros corazones. Historias que fueron escritas con la vida para quienes vienen después, y que no tenemos derecho a silenciar.
El espíritu egocéntrico y pragmático de hace ya muchas décadas ha conseguido que nos desinteresemos del pasado haciéndonos creer que está muerto. Esto podría ser verdad si cada uno de nosotros fuese cada día, cada hora, cada minuto de su vida un compartimiento estanco, discontinuo pero a la vez pleno de sentido. En definitiva si cada uno de nosotros fuese muchos a la vez, a lo largo del tiempo. Pero la conciencia personal nos dice que somos -que soy- el mismo desde hace un largo período cuyo inicio no sé ubicar con precisión, pero que es -así lo conceptúo y lo siento- real y activo.
Sin embargo ha prevalecido el influjo del medio sobre el testimonio del espíritu y ahora las historias que nos contamos suelen ser vacíos espacios de nada, en los que yo no estoy. Y cuando alguno se asoma a las ventanas de sus ojos y desde la puerta de su alma se atreve a lanzar un grito que descubre su propio corazón, suele ser tildado de intimista, subjetivo, críptico...
¿En dónde está la diferencia entre un narrar de aconteceres que re-vivo como míos, y las cuidadas descripciones de acontecimientos impersonales, intensos, llenos de revelaciones, pero ajenos? No ciertamente en el interés con el que eventualmente, se sigue cada historia, en su ritmo o en su perfección estilística, sino en su capacidad de convocar, de llamarme, de sacarme de mi sitio, para ubicarme en el que hoy y ahora me corresponde; en definitiva, de hacerme re-vivir, ya que de esta manera me enriquece.
Pero el prejuicio pragmático y egocéntrico -que desdeña el testimonio del espíritu humano-, utilizando los recursos que le facilitan los medios de comunicación audiovisual -cine, televisión- prefiere la historia truculenta con la que se llora sin tristeza; o el miedo impostado de las narraciones de terror, en las que se teme sin desconfianza; o los finales felices en los que la dicha es efímera no solo en el tiempo sino en sustancia, porque no tiene que ver conmigo, sino con mis sentimientos.
Deberá llegar el día en que sepamos utilizar esos instrumentos -cine, televisión- para mejor recomponer el pasado, estructurar más eficazmente el futuro y así re-vivir el presente con mayor intensidad. Es decir que los medios de expresión -cine, televisión- me faciliten vivir mi historia, me hagan realista; en lugar de ser cauce de evasión o, lo que es peor, de disgregación y división del ser personal.
¡Volved a las raíces!, en donde se encuentra la savia que nos hace vivir realmente. Volved a las raíces y contaréis a vuestros hijos historias del pasado que se harán presente en vuestros labios porque habrán sido re-vividas en vuestros corazones. Historias que fueron escritas con la vida para quienes vienen después, y que no tenemos derecho a silenciar.

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