lunes, 31 de marzo de 2014

Inteligencia, voluntad, corazón


S
abedores de que el hombre tiene una inteligencia ordenadora, que se dirige por una voluntad libre e impelida por el amor, estamos más dispuestos a aceptar a llamada de un Dios personal que en su inteligencia ordenadora ha decidido con su voluntad libérrima conducirme amablemente hacia Él.
La distancia inconmensurable entre la naturaleza de Dios Persona y la de la persona humana ha de ser entendida como infinita, sólo análoga a la existente entre la persona humana  y las cosas. Pero esa distancia ha sido salvada por el poder también infinito de Dios que ha querido acercar al hombre a su naturaleza, otorgándole la capacidad de asumir esa condición.
Cada hombre que intuye en su ser personal la oferta de vida hecha por Dios está en condiciones de captar el trato personal que Dios le propone como modus vivendi. Obviamente, sólo entre personas pueden entablarse relaciones personales. Entre la persona humana y las cosas sólo se establecen relaciones no recíprocas de utilidad y dominio.
Dios llama al hombre a establecer relaciones de conocimiento, elección y amor. Al conocer al hombre Dios lo hace ser (y ser persona); al quererlo, lo elige; y al amarlo, lo acompaña desde la eternidad hacia la eternidad, en un solo acto que la razón humana recibe por la Revelación según su naturaleza: fragmentado y descompuesto, y por eso plenamente válido y eficaz.
Al conocer a Dios el hombre es capaz de identificarlo como Padre, como Hermano y como Amigo, en un acto discontinuo y gratuito ya que por naturaleza excede la capacidad primera del ser personal humano. La excede y al mismo tiempo, la supone, creada como está capax Dei.

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