¡Oh eterna Verdad, y verdadera Caridad, y amada Eternidad! Tú eres mi Dios. Por Ti suspiro noche y día. Cuando por primera vez te conocí, Tú me tomaste para que viese lo que había de ver, y que aún no estaba en condiciones de ver. Reverberaste ante la debilidad de mi mirada, dirigiendo tus rayos con fuerza sobre mí, y me estremecí de amor y de temor. Y advertí que me hallaba lejos de Ti, en la región de la desemejanza, como si oyera tu voz de lo alto: "Soy manjar de grandes: crece y me comerás". (...)
¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y, sin embargo, Tú estabas dentro de mí, y yo fuera, y por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre las cosas hermosas que Tú creaste. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo. Me retenían lejos de Ti esas cosas que, si no estuvieran en Ti, no existirían. Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste, e hiciste huir mi ceguera. Exhalaste tu perfume, y respiré, y suspiro por Ti; gusté de Ti, y siento hambre y sed; me tocaste, y me abrasé en tu paz".
San Agustín, Confesiones VIII, 10.18-19

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