lunes, 28 de abril de 2014

La Trinidad, Espejo para el hombre

Es parte del dato revelado darnos a conocer que el hombre ha sido creado a imagen de Dios. En líneas generales puede decirse que esta imagen ha sido interpretada en el sentido de la participación del hombre en la espiritualidad de Dios, y más concretamente en las facultades superiores de entender y querer, dependiente de esa espiritualidad. En efecto: sólo es posible que el hombre elija (quiera) si previamente conoce (sabe).

En aquella vida intratrinitaria a la que nos ha sido dado introducirnos mediante la Revelación, vemos a Dios queriendo lo que conoce y conociendo lo que quiere en un único acto impenetrable e inabarcable. El Padre, del que es propio conocer -junto al Hijo y al Espíritu Santo- conoce al Hijo, del que es propio ser conocido -junto al Padre y al Espíritu Santo-; pero "a renglón seguido", el Padre  y el Hijo se unen en una identificación mutua de Amor, que es el Espíritu Santo, procediendo del Padre y del Hijo.
En una proporción infinitamente inferior pero plenamente real, el hombre termina por unirse, identificarse con aquello que, una vez conocido, es elegido, querido por la voluntad. Y esa identificación es, con todas las imperfecciones del caso, un tercer acto natural humano que llamaremos afectividad.
De este modo, sólo si se identifica con aquello que conoce y elige libremente, el hombre estará realizando en plenitud la imagen de Dios que es. En este contexto es en el que se establecen completamente las relaciones personales entre cada hombre y Dios.




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